En ocasión del bicentenario del nacimiento de Víctor Hugo (1802-1885), en todo el mundo se realizan actividades en memoria de uno de los más grandes escritores de la humanidad. La vida personal de Víctor Hugo —a quien André Breton incluyó entre los “ancestros” del surrealismo aclarando que Hugo era surrealista «cuando no era estúpido»— estuvo repleta de momentos de grandes honores y de fuertes emociones. Como una manera de recordar al Víctor Hugo real —y no al guiñapo edulcorado que nos fabrica el mito de su grandeza— he redactado el siguiente textículo, a petición expresa de mi amigo Andrés Blanco Díaz. Me precipito a precisar que la mayoría de los datos que aquí se incluyen han sido extraídos de las fuentes bibliográficas que se citan al final. Intento, pues, hacer aquí un trabajo de divulgación. Honni soit qui mal y pense!
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Si no fuera por el aparente contraste entre la activa vitalidad sexual que los biógrafos de Víctor Hugo le atribuyen y la profusa cantidad de obras firmadas por él, en varias de las cuales se respira un vago perfume de erotismo, es posible que nadie —excepto los mismos idiotas, chismosos y desocupados de siempre— se interesaría en levantar el pudoroso velo que el ala perversa de la tradición le ha tirado encima a la vida rigurosamente sexual del autor de Los misérables.
Por suerte o por desgracia para las víctimas de la falsa y doble moral que impera en nuestros países hispanoamericanos en materia de educación, existen en el mundo civilizado algunas formas de cultura en las que lo personal —aún en sus modalidades más patéticas— resulta compatible con la reflexión erudita: el “Nada humano me es ajeno” de Terencio se practica libremente en otras latitudes sin tapujos bochornosos ni ridículos melindres. La práctica sexual de los escritores a quienes la gente “respeta” es allí considerada como un asunto serio, y no un vulgar pretexto para arruinar reputaciones ajenas al por mayor o al detalle, morbosa y graciosamente. Con más razón cuando el autor mismo es quien autoriza a que se ventile públicamente hasta el más oscuro recoveco de su vida íntima.
Este fue el caso de Víctor Hugo, quien tuvo a bien precisar de manera formal, en sus disposiciones testamentarias que se entregara a la Biblioteca nacional de Francia la totalidad de sus manuscritos: «Todo texto, cualquiera que éste sea, escrito de mi mano, debe ser entregado a la multitud. No destruir nada y no ocultar nada. ¿Por qué? Porque cuando ya no exista, se verá quien yo fui». Y para más precisión, Hugo agregó: “Mi destino habrá sido vivir célebre e ignorado; sólo me conoce lo desconocido» (1).
Gracias a los cuadernos de notas íntimas y a los múltiples diarios en los que Hugo anotó una inmensa cantidad de detalles personales acerca de su vida íntima, ha sido posible restituir de cerca su historial sexual. Se sabe, por ejemplo que se mantuvo virgen hasta la edad de veinte años y ocho meses. No había conocido mujer cuando, la noche del 12 de octubre de 1822, tuvo entre sus brazos a aquella Adèle Foucher con la que se casó. Tal había sido su decisión, puesto que, según él, ya que Adèle era virgen, él también tenía que serlo hasta que pudieran entregarse enteramente al amor en cuerpo y alma.
Esta castidad inicial le sienta bien a la idea que algunas personas se hacen acerca del máximo representante del Romanticismo francés. No obstante, si el principio de “acumulación original” tuvo aquí alguna validez, sólo pudo haber sido en detrimento de la relación de la joven pareja. Las apetencias de Hugo eran cada vez más apremiantes: «El hombre recibió de la naturaleza una llavecita para darle cuerda a su mujer cada veinticuatro horas», le escribió Hugo a Adèle en 1823. Esta última consintió al principio con el mismo ímpetu, pero la llama de su amor se fue apagando poco a poco. Cabe preguntarse, pues: ¿fue por fatiga, por miedo de quedar nuevamente embarazada, o simplemente por despecho que Adèle rechazó su contacto a partir del nacimiento de su quinto hijo —una niña que se llamaría Adèle, como su madre— el 28 de julio de 1830?
Nacido en 1802, Hugo tenía 28 años en 1830 y, aunque para esa fecha ya había conseguido los máximos honores en las filas del clasicismo poético, ese mismo año estremecería las filas de los conservadores —en las que había militado hasta entonces— con el escándalo que siguió al estreno (el 24 de febrero de ese mismo año) de su obra teatral Hernani, o el honor castellano, en las que se originó un enfrentamiento a puñetazos y bastonazos entre los furibundos partidarios del Romanticismo y los representantes del clasicismo. En el fragor de las luchas políticas que estremecieron a Francia a partir de los “Tres gloriosos” días de 27, 28 y 29 de julio de 1830, las cuales provocaron la caída de Charles X y condujeron al advenimiento de Louis-Philippe I, Víctor Hugo estaba, por así decirlo, en plena ebullición creativa e ideológica —no olvidemos que su quinto hijo acababa de nacer el 28 de ese mes. Casi al mismo tiempo, el genial autor de los Castigos atravesaría por una serie de crisis matrimoniales que terminarían dando al traste con su unión con Adèle.
¿Quién le fue primero infiel a quién? Al parecer, fue Adèle la primera en alejarse, de la misma manera en que la madre de Hugo se había alejado del general Léopold-Sigisbert Hugo. Sobre este particular, como es natural, subsisten dudas, pero se sabe que Víctor Hugo terminó separándose de Adèle y formalizando una unión con quien había sido su amante a partir de 1830, Juliette Drouet. Por su parte, Adèle tuvo un tormentoso affaire con el crítico literario más famoso de la época, Sainte-Beuve.
La ruptura con Adèle parece haber puesto a Víctor Hugo en el camino de la separación entre la vía de los afectos y la de la sexualidad sin cauces. Quien pagó los costes de esta súbita “maduración” no fue otra que Juliette Drouet. Entre 1833 y 1848, Hugo conoció una multitud de amantes de todas las categorías. Que conste, sin embargo, que Juliette continuó siendo a pesar de todo, y hasta la muerte del genial escritor, su amante oficial.
Sobre este particular, los papeles íntimos de Hugo resultan sumamente reveladores. En un artículo publicado recientemente, Simon Leys apunta que Víctor Hugo parecía experimentar «una necesidad casi patológica de contactos furtivos con todas las sirvientas sucesivas de su propio domicilio, así como con innumerables prostitutas y otras compañeras humildes y anónimas, profesionales o benévolas. Llevaba una suerte de registro privado de esos encuentros, anotando habitualmente los modestos gastos que estos habían implicado (su parsimonia en estos menesteres era notoria) así como la naturaleza exacta de cada transacción; estas últimas descripciones eran consignadas en un lenguaje codificado (mezcla macarrónica de latín, de español fantasista y de jeroglíficos de su invención) para desviar las miradas indiscretas de su amante principal [Juliette Drouet, M.G.C.], cuyos celos eran feroces» (2).
Casi no debería sorprender que, habiendo sido excesivo en todo lo que hizo, en su vida sexual Hugo se haya apartado igualmente de la norma en lo tocante a su devoción por los lances eróticos, a tal punto que llegó a verse envuelto en varios escándalos de faldas que habrían podido afectar a su carrera política, si su estrecha filiación con el régimen de Louis-Philippe no le hubiera proporcionado una suerte de “inmunidad” que le sentaba bien a su personalidad entregada a sutiles excentricidades (3).
Uno de esos escándalos aconteció el 5 de julio de 1845, cuando Víctor Hugo fue sorprendido extasiado en flagrante delito de adulterio con Léonie Biard en un hotel de la plaza Saint-Roch, en París. Protegido por su condición de Par de Francia, Víctor Hugo no pudo ser arrestado, pero a su Léonie se la llevaron presa al convento-prisión de Saint-Lazare. Por suerte para Hugo, este episodio ocurrió en Francia, un país en el que —como no faltó en señalarlo el poeta Lamartine—: «esas cosas se olvidan rápido; la Francia es elástica; uno se levanta incluso de un canapé.»
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Los hombres y mujeres cuyo talento sobrepasa el promedio suelen ser víctimas de una suerte de maldición laica que consiste en convertirse en el blanco de las críticas envidiosas de aquellos a los que Rubén Darío llamó «eunucos», siempre atentos a descubrir las pequeñeces de quienes son unánimemente considerados grandes. El gran poeta ruso Pushkin resumió esta humana tendencia a minimizar lo que no puede superar: «Si la plebe lee las confesiones, notas privadas, etc., con tanta avidez, es que, en su bajeza, se alegra de contemplar las humillaciones de los grandes y las debilidades de los poderosos; al descubrir toda suerte de vilezas, está encantada: ¡Es pequeño como nosotros! ¡Es vil como nosotros! —¡Mienten, canallas; sí, es pequeño y vil, pero de otro modo: no como vosotros!» (4)
Manuel García Cartagena, 2002
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NOTAS
- En esta y en otras partes de mi artículo, resumo algunas de las ideas expresadas por Henri Guillemin en un breve texto aparecido en el número 84 (enero de 1974) de la prestigiosa revista francesa Magazine littéraire. Henri Guillemin, es autor de un libro publicado en 1954 bajo el título Hugo et la sexualité. Esta y las demás citas del testamento de Víctor Hugo han sido extraídas del texto de Guillemin.
- LEYS, Simon: «Victor Hugo», in Protée et autres essais (París: NRF/Gallimard, 2001, p. 51).
- Los lectores en lengua francesa encontrarán en la sorprendente página de internet titulada Chronologie de Hugo (http://www.chronologievictor-hugo.com/pagecorrespondances.htm) un detallado listado de los acontecimientos personales que marcaron la vida de Víctor Hugo, realizado a partir de extractos de los cuadernos de notas personales y de la correspondencia del genial escritor francés.
- Citado por Simon Leys, art. cit., p. 67.



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