TEXTO DE LA PONENCIA PRESENTADA EN EL CONGRESO “LA REPÚBLICA DOMINICANA EN EL UMBRAL DEL SIGLO XXI: CULTURA, POLÍTICA Y CAMBIO SOCIAL”, PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SANTO DOMINGO, SANTO DOMINGO, 1999 (NO INCLUIDO EN LAS ACTAS A PETICIÓN DEL AUTOR)
Todo el mundo conoce el procedimiento: primero se nombra al pueblo para poder describirlo, luego se le describe para poder juzgarlo, pero sólo nombra, sólo se describe y sólo se juzga al pueblo para poder someterlo. El nombre del pueblo opera así, para el imaginario, como una señal de su propia figuración, catalizando, y por lo tanto, precediendo la formación del conjunto de conocimientos más o menos objetivos o mitificados que se puedan acumular sobre su historia, su modelo sociocultural, su composición étnica, etc.
Ahora bien, el papel fundamental del gentilicio en esta representación del pueblo se atiene a la capacidad de esta figura de dicción para «resumir» el número de los individuos que integran esa suerte de «cuerpo» puramente nominal, a fuerza de abstracción, llamado «pueblo» a secas.
«Así vemos, —escribe Geneviève Bollème— la multitud, el número de aquellos “que son de una misma región”, aquellos que viven en un mismo país, reunidos por el número, unidos bajo una misma parroquia, tomar cuerpo, convertirse en un cuerpo, puesto que también son amalgamados para ser pensados, designados. El pueblo se convierte en un cuerpo, tiene un cuerpo que recibe del grupo y de la cantidad. La incalificable, la indefinible multitud, se constituirá gracias a una cantidad de personas reunidas, cuyo conjunto substituirá como persona, a una multitud demasiado numerosa para ser considerada. El individuo-pueblo será tomado en consideración, puesto que se trata, de hecho, del número, o más bien de un cuerpo cuya cantidad de miembros suscitará su reconocimiento en tanto que fuerza»[1].
El «cuerpo» popular se revela así como lo que es: una metáfora política dotada de una amplia productividad, ya que se halla en la base de todas las figuraciones del pueblo como una masa, como una multitud, como un «organismo», etc. Gérard Mairet describe, en un artículo célebre, los nexos que ligan a esta metáfora del cuerpo popular con la ideología medieval de la «universitas». Para él:
«Es por la metáfora del cuerpo que la concepción de la unidad de la universitas se afirma: asociarse en “cuerpo”, es formar una universitas. La comunidad tiene la estructura de un cuerpo, una multiplicidad de miembros diversos que constituyen un conjunto único. Para entender la significación de esta metáfora, hay que recurrir a una doble tradición: estoica y cristiana. Séneca y san Pablo son las dos fuentes donde la unidad de cuerpo toma su origen. [...]»[2].
Podemos, pues, fundar nuestro proceder, aquí y ahora, sobre el postulado de que todo lo que se refiere al «cuerpo popular», al pueblo-cuerpo, se funda sobre una construcción ideológica que tiene en su base una formulación del pueblo-como, del pueblo-figurado. Esto explica, tal vez, por qué otorgamos aquí una importancia capital tanto al nombre del pueblo como a las diferentes formulaciones gentilicias con las que se le asocia. Para nosotros, es casi imposible concebir la vida cultural sin considerar la manera en que esta parece apoyarse sobre una serie de actos históricos y antropológicos de designación (o de apropiación por el lenguaje), actos que se encuentran en la base de cada sacralización, de cada poder, de cada derecho, de cada propiedad. Toda tentativa de acceder a los fundamentos sensibles y/o imaginarios de una lógica sociocultural supone, pues, necesariamente, proceder en contra o dentro de una lógica nominalista.
Así, luego de constatar, primeramente, que el nombre del pueblo tiende a convertirse en el equivalente o la huella sensible de un determinismo identitario, es posible observar la manera en que, como simple topónimo o como gentilicio, el comportamiento estrictamente sígnico de ese designador accede a resumir toda la serie de atributos y predicados que puedan tenerlo como sujeto. Así, desde que es nombrado por primera vez, este «ser popular» puede pasar por el sujeto de un enunciado donde el verbo Ser cumple su función habitual de «definidor» ad hoc.
Como se ve, es todo el andamiaje de la lógica de la identidad lo que sostiene a esta operación atributiva que uno se permite practicar, ingenua e impunemente, a guisa de «reflexión» o de «juicio» acerca del pueblo, en tanto que simple «expresión geográfica», o en tanto que nombre de una realidad social. Pero si problemática parece esta relación de la razón razonante con el pueblo propiamente dicho, más problemática resulta la reflexión acerca de los lugares donde el pueblo desarrolla su existencia. El pueblo no es lo que llena u ocupa un territorio determinado, sino el que se construye, imaginariamente, históricamente, una serie de espacios concebidos a su imagen y semejanza.
No hablaremos aquí, pues, de la noción de «territorio dominicano», sino que intentaremos tan sólo acercarnos a esta construcción imaginaria de nuestros espacios sociales tomando como punto de referencia el funcionamiento de nuestras marcas de designación espacial. En ese sentido el siguiente postulado de Gaston Bachelard nos servirá de punto de partida:
«Creemos a veces que nos conocemos en el tiempo, cuando en realidad sólo se conocen una serie de fijaciones en espacios de la estabilidad del ser, de un ser que no quiere transcurrir, que en el mismo pasado va en busca del tiempo perdido, que quiere “suspender” el vuelo del tiempo. En sus mil alvéolos, el espacio conserva tiempo comprimido. El espacio sirve para eso»[3].
Si consideramos, a la luz de esta relación que Gastón Bachelard apunta entre el tiempo y el espacio, lo que ocurrió en el territorio dominicano desde que las culturas indígenas, africanas y europeas se fundieron en una serie de actos destinados a nombrar nuestras tierras, es probable que entendamos de otra manera eso que para la mayoría de nosotros no es más que una sencilla «evidencia» histórica y geográfica. Es probable, incluso, que nos sensibilicemos ante esas barreras onomásticas que impiden cualquier intento de reducir la dominicanidad a una esencia única si nos percatamos de la relación que existe entre los nombres de los lugares donde transcurre nuestra vida como pueblo y la manera en que nos vemos a nosotros mismos.
En efecto, un torrente de valores onomásticos ha mantenido irrigada la imaginación de nuestro ámbito sociocultural; un conjunto de formas-sentido que no han cesado nunca de hacer pasar a la discursividad dominicana las huellas sensibles de una imaginación espacial, abriendo así verdaderos «atajos» hacia el centro mismo de nuestra valorización histórica del espacio. Los topónimos operan como ejes sensibles de la memoria de los dominicanos. Es este funcionamiento, por ejemplo, el que ha permitido a Carlos E. Deive y a Bernardo Vega demostrar, en lo que concierne a los topónimos de origen africano, que su distribución geográfica sobre el territorio nacional:
«[...] refleja perfectamente la concentración de los esclavos en el siglo XVI, que fue cuando muchos sitios recibieron sus nombres, en el Distrito Nacional y las zonas de San Cristóbal y Azua. Un 37% de los topónimos se concentran en esta zona que fue donde existían los principales ingenios del país»[4].
Verse y saberse dominicano pasa así, indefectiblemente, por un hacerse sensible a la resonancia histórica y cultural de esos topónimos que circunscriben, designándolos, nuestros espacios vitales. Piénsese, por ejemplo, en los hombres y mujeres que vivieron en el siglo XVI en la Española al lado de aquellos indígenas cuya lengua, o más bien, sus resonancias, pasaron a menudo, como lo señala Carlos E. Deive, por: «[...] una derivación bastardeada de la hebrea. Más aún, bastaba con invertir la “n” de indio para obtener la palabra “iudío”»[5].
Piénsese, también, en la manera en que Cristóbal Colón, imbíbito en la lectura del Antiguo Testamento como tantos hombres y mujeres del siglo XVe europeo, estaba persuadido de que Haïtí o La Española: «[...] era el país de Ofir, el lugar donde antaño Salomón buscaba el oro para sus templos» (ibídem), ¿por qué se sorprendería uno de que se haya podido ver en el topónimo Haïti: «[...] el hebraico Aith»; en el vocablo indígena cacique, une derivación de: «Acasin, “que quiere decir principio o altura dellos”»; en el topónimo del río Yaque que atraviesa al Cibao —vocablo éste último del que ya se sabe la «lectura» que hizo Colón—: «una variante de Jacob», llegando incluso a pretender que el vocablo canoa: «viene de canu, “estancia en el agua…”»[6].
Teniendo en cuenta este tipo de relaciones, a la vez históricas e imaginarias, con la lengua del indio, se podría intentar aprehender, por un lado, la estrategia (ideológica, pero también política) que determinó la fijación de un sistema toponímico, en el cual, primero la cristianización, luego la criollización y finalmente la nacionalización del espacio por el nombre de La Española-República Dominicana constituyen las tres etapas características de un recorrido sensible común a todos los pueblos íberoamericanos. Pero, por el otro lado, habría que intentar situar las prácticas dominantes de consumo, históricamente hablando, del espacio dominicano.
El hato, en primer lugar, no ya como vector de una fuerza socioeconómica criolla emergente, sino como matriz de una determinada organización espacial respecto a la cual todavía no se estudian a fondo sus relaciones, tanto a nivel formal y funcional como a nivel imaginario, con el orden espacial prehispánico de los cacicatos o cacicazgos; el regionalismo, en segundo lugar, con su cohorte de «santos» y «vírgenes» católicas cuyos nombres sacralizan espacios puestos bajo su altísimo tutelaje, herencia de ese «espíritu de parroquia» que Jacques Lafaye, en su estudio sobre la Virgen de Guadalupe y la Revolución Mexicana señala como típico de la mentalidad española de los siglos XVI y XVII. Ese juego identitario que casi se resume en un «juego de palabras», juego que consiste en responder con un nombre «propio» a la pregunta ¿quién eres? hace imposible el entendimiento del rol de los topónimos en la valorización imaginaria del espacio, sobre todo si se toma en cuenta el hecho de que ciertos topónimos son al mismo tiempo gentilicios.
Lo primero es que el valor imaginario de un topónimo no tiene, estrictamente, nada que ver con su significación etimológica. En el funcionamiento de todo topónimo, lo que prima, es su capacidad para acumular memoria espacial. Que el topónimo Quisqueya sea o no una palabra auténticamente indígena importa menos, por ejemplo, que el hecho de que ese vocablo haya terminado asumiendo a la perfección la función para la cual parece haber sido concebido, tratándose, como se sabe, de un nombre imaginario para un país que comienza a existir cada vez que dicho nombre se pronuncia.
Nada prueba mejor que esto es así que el hecho, apuntado entre otros por Manuel Núñez, de que se trate de un nombre cuya función es la de reinventar un pasado pre-colonial mitificado. Aunque se trate, según algunos, de un falso topónimo, Quisqueya quizás muestre mejor que cualquier otro el modus operandi de toda figura aplicable a los espacios sociales, es decir, ese recurso que el lenguaje encuentra a veces en lo sensible para, como por efecto de sucesivas elaboraciones imaginarias, replantear constantemente la relación entre un decir y un vivir intransferibles a fuerza de ser radicalmente históricos. Cierto es que después de las páginas de crítica histórica que consagra Apolinar Tejera al vocablo «Quisqueya» en su libro Letras Dominicanas, pocos son los intelectuales dominicanos que se hayan aventurado a considerar seriamente el valor sensible de esa figura y del gentilicio que de ella se deriva, «quisqueyano», con el cual se nombra al pueblo dominicano en nuestro himno nacional.
Pero también es cierto que tanto el vocablo Quisqueya como el gentilicio quisqueyano ya habían alcanzado, en tiempos de Reyes y Prud’homme, como figuras nominales de la dominicanidad, un nivel referencial claramente distintivo al punto que, cuando el topónimo Hispaniola cayó en desuso en la época inmediatamente posterior a la Restauración, fueron precisamente dichas figuras las que se irguieron para nombrarnos como localidad geográfica y como pueblo desde el mismo tenebroso polvo de años en el que parecían haber sido condenadas a perderse.
La nominación constituye siempre la primera etapa del proceso de apropiación-sacralización del espacio. Esta es, tal vez, la razón por la cual la ofensa al gentilicio es casi siempre considerada como una ofensa personal: el territorio es im-personalizado, colectivizado por el gentilicio. De esta impersonalización emanan sus diferentes valores jurídicos, políticos, geográficos, etc. la identificación con y por el gentilicio implica, pues, una determinada madurez de la consciencia social, y también un determinado grado de adhesión a los discursos que tienen por función la de perpetuar la inserción de los individuos en la lógica del núcleo identitario común.
Se trata, en efecto, de un proceso en el que participa tanto la constitución de la identidad individual como la confirmación de ésta por la construcción de la identidad colectiva.Es así como ha operado entre nosotros eso que llamaremos aquí, tentativamente, la onomatopoiesis, es decir, la producción significante de sentidos nominales que sólo tienen validez para espacios determinados, la cual ha tenido un papel importante en la valorización imaginaria que los dominicanos nos hemos hecho históricamente de nuestro territorio. ¿Cómo explicar de otro modo, por ejemplo, el hecho de que una de las figuras de la dominicanidad que más problemas ha suscitado históricamente sea precisamente el mismo nombre de nuestro país?
El debate en torno al nombre del país dominicano nunca ha dejado de atraer la atención pública, desde aquella tristemente célebre invención de «Estado Libre de Haití Español» con la que pretendimos independizarnos de España hasta la actual designación de República Dominicana, lo cual explique tal vez por qué semejante debate, por muy importante o por muy anodino que parezca, haya sido frecuentemente manipulado con fines muy diversos.
En 1974, por ejemplo, el semanario ¡Ahora! publicó un artículo firmado por Ramón Casado Soler, el cual se abre bajo el siguiente aserto:
«El propósito de dilucidar el nombre genuino de nuestra patria toma incremento cada día y esto nos llena de regocijo. Ha sido nuestra preocupación de siempre. El pueblo por una parte lo va definiendo con visión certera y distinguidos intelectuales lo han puesto ahora de nuevo en (sic) el tapete»[7]. Según este autor, el «nombre colonial de Santo Domingo deviene en fuente nutritiva del auténtico nombre de la patria»[8]. No deja de señalar el hecho de que es: «[...] en este renuevo integralista donde el pueblo dominicano define la existencia de su propio ser nacional», pero, observa que: «[...] como éste [el «Ser nacional dominicano», MGC] surge involucrado dentro de la fórmula estatal República Dominicana y como una mera secuencia adjetiva, ha sido con el concurso del tiempo que se ha producido su concreción sustantiva, en un caso similar al que produjo la substantivación en el nombre de Argentina en la hermana nación del Plata»[9].
«Dominicana», tal sería el nombre de nuestro país que el pueblo dominicano habría forjado según esta «concreción sustantiva» de la que habla Casado Soler. Denominación «alternativa» y no oficial que vio la luz en el curso de los años 1960‑1970, en las comunidades hispánicas de los U.S.A. Denominación conflictiva, también, sobre todo si se considera lo que nos expone en un artículo reciente el Lic. Frank Viñals, empresario en comercio exterior:
«En múltiples ocasiones, conversando con amigos y relacionados de varios países latinoamericanos, me he visto en la necesidad de convertirme en profesor de geografía para explicarles a esos amigos la diferencia existente entre la isla de DOMINICA (sic) y nuestra República Dominicana.
[...] Buscando en varios diccionarios (tanto en español, como en inglés), me he encontrado que el gentilicio de Dominica al igual que el nuestro es: DOMINICANO. Con la incursión de nuestro país en el CARICOM, se ha dado el caso de que de seguro es la primera vez en el mundo, donde dos estados miembros de un organismo poseen el mismo gentilicio: DOMINICANOS.
Me imagino cuando se presente al presidente de la República Dominicana y al Primer Ministro de Dominica, hablando los dos en nombre de “Todos los dominicanos”. En verdad que, con el tiempo, cuando Dominica adquiera más importancia económica y renombre internacional, nos podrá crear grandes confusiones de identidad, muy especialmente en el campo turístico»[10].
Por paradójico que pueda parecer, no es la «identidad» dominicana —en el sentido spinoziano de «mismidad» o «perseverancia en el ser uno mismo»— la que peligra en este caso de confusión entre dos topónimos que, para colmo, nombran a dos países vecinos, de la misma manera en que no es el «ser» dominicano lo que nos jugamos al llamarnos «dominicanos».
En efecto, a nadie se le ocurriría confundir el hecho de tener un nombre con el «ser» ese nombre, sino que estamos acostumbrados a considerar como «propios» unos nombres que sólo son «nuestros» porque somos capaces de «sabernos», y más aún, de «vernos sabiéndonos» en nuestra diferencia: quizás no sabremos nunca lo que somos, pero sabemos claramente lo que no somos. Por eso, lo que peligra no es nuestra «identidad», sino una de las marcas sensibles de nuestra diferencia, esto es, nuestra designación como pueblo.
Hay, en efecto, una indefinición sensible en la figuración nominal del espacio nacional dominicano que no se circunscribe a esta «casual» paronimia entre los nombres de Dominica y de Dominicana. Históricamente, la designación de nuestro territorio ha sido objeto de un trabajo incesante de desconstrucción, trabajo que con los años ha terminado suscitando todo un nudo de pulsiones neuróticas que, en el nivel del discurso, se constituye a menudo en el eje de una serie de pulsiones de desintegración que traducen una pérdida progresiva del deseo de poseer un ser colectivo.
Ya Francisco Eugenio Moscoso Puello, en una de sus Cartas a Evelina, señalaba uno de los aspectos de esta «desidia». Burlándose de los historiadores alegando que «los historiadores son siempre hombres sospechosos», nuestro escritor ponía en evidencia el siguiente detalle relativo al nombre de la isla:
«No se sabe quién descubrió esta isla. Tome nota. Los aborígenes la llamaban Haití. A una parte, dicen unos; a la totalidad, dicen otros. ¿Cómo se llamaba la isla entera? No tengo noticias sobre este particular. Apareció luego el nombre de Hispaniola. ¿Quién se lo dio? No trate de preguntarlo. Preferible es ignorarlo. Más tarde se llamó, no sin la protesta de muchos, Santo Domingo. Tampoco averigüe quién se lo dio. Así marchan estas cosas. Si los historiadores son haitianos, no hay quien les saque de la cabeza, que la isla se llama Haití, y que la República Dominicana no es otra cosa que la parte del Este. Hay, pues, para reír. Y para agravar más esta situación, se le imputan expresiones a Colón, a Pietro Martyr de Anglería, que ha sido un soberbio comodín, a Las Casas, a Ovando, a un ejército de gentes que ha pasado y que se asombrarían de oír todo lo que se les ha atribuido. Por mi parte, señora, no diré esta boca es mía»[11].
Este comentario de Moscoso Puello resulta interesante, si se considera que de lo que se trata no es de rescatar una supuesta «verdad» perdida en el fondo de un pozo, sino simplemente de señalar a qué grado se ha llegado, históricamente, en el trabajo de confusión de nuestra marca de designación espacial. Nadie puede desestimar la importancia de los apelativos espaciales sin mostrar al mismo tiempo su desprecio hacia el sujeto para quien esos apelativos constituyen ejes particulares de su memoria afectiva y vital.
No hay construcción de la subjetividad que pueda prescindir de marcas nominales definitorias para esa subjetividad específica, aunque lo histórico no sea precisamente el nombre, sino la Vida. La razón de esto es que toda construcción subjetiva está obligada a articularse según el eje Nombre-Verbo, Sujeto y Predicado, Ser y Hacer. Y el espacio, a diferencia del territorio, sólo existe como construcción subjetiva, es decir, como apropiación, por el sujeto, de un territorio dado. Es por esto que, como lo postula G. Bachelard:
«El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación. En particular, atrae casi siempre. Concentra ser en el interior de los límites que protegen»[12].
No hay, pues, manera de pensar la historia del pueblo dominicano sin tomar en cuenta la historia de sus nombres, unos nombres que son a la vez topónimos y gentilicios. Verse y saberse dominicano, implica en cierta manera cobrar conciencia de lo que tienen de dominicanos esos términos que surgieron en momentos claves de nuestro devenir sociocultural. O si no, que se piense en la traumática transmutación del topónimo Santo Domingo por Ciudad Trujillo. Historia por historia, política por política y metafísica por metafísica, la próxima vez que alguien les hable sobre el «ser» dominicano, pregúntenle de cuál ser les habla, si del que se ve, del que se sabe o del que se tiene. En el nombre del pueblo dominicano, ese inefable.
[1] BOLLEME, Geneviève: Le Peuple par écrit, Paris, Éd. du Seuil, 1986, p. 37. Trad. libre de M.G.C.
[2] MAIRET, Gérard: «L’universitas: l’idéal communautaire, modernité et archaïsme d’une idéologie», in Les Idéologies (Verviers (Bélgica): Éditions Marabout, 1981, t. II, p. 181).
[3] BACHELARD, Gaston: Poética del espacio (México: Breviarios del Fondo de Cultura Económica, 1965, p. 38).
[4] VEGA, Bernardo & DEIVE, Carlos Esteban: «Topónimos dominicanos vinculados a esclavos y a Africa», in VEGA, Bernardo: Santos, Shamanes y Zemíes (Santo Domingo: Ed. Taller/Fundación Cultural Dominicana, 1987, p. 121).
[5] DEIVE, Carlos Esteban: Heterodoxia e inquisición en Santo Domingo, 1492-1822 (Santo Domingo: Editora Taller, CxA, 1983, p. 25).
[6] Citado según el comentario de Carlos Esteban Deive concerniente a esta lectura «hebraica» de los vocablos y de los topónimos indígenas del texto de un cierton «doctor Juan Roldán, estudiante de leyes en Salamanca, abogado, alcalde de Santo Domingo e hijo único del piloto Juan Pérez Roldán, quien acompañó a Colón en sus tres primeros viajes y llegó a ser propietario de varias casas en la segunda ciudad» (ibidem, pp. 25-26. Cf., para la transcripción del texto de Roldán, la obra de MARTE, Roberto: Santo Domingo en los escritos de Juan Bautista Muñoz (Santo Domingo: Fundación García Arévalo, 1981).
[7] CASADO SOLER, Ramón: «En Dominicana: La Patria», in ¡Ahora!, No. 560, 5 de agosto de 1974, p. 13.
[8] Ibidem, p. 15.
[9] Ibidem.
[10] VIÑALS, Frank: «Dominica, Dominicana y el CARICOM», in Listín Diario, sábado 17 de mayo de 1997, pp. 11A.
[11] MOSCOSO PUELLO, Francisco E.: Cartas a Evelina (1re éd., 1936); (Santo Domingo: Editora Cosmos, 1976, carta XIV, p. 117-118).
[12] Op. cit., p. 28.




